La perplejidad de un viajero o por qué negamos a los sirios lo que ellos nos ofrecerían

Por Pedro Aguado

En 1998 cumplí uno de mis sueños, viajar a Oriente Medio, en concreto a Jordania y a Siria. Sentía gran curiosidad por visitar esos países, esos o Egipto, pero ver las pirámides estaba considerado por aquella época como actividad de alto riesgo, por lo que decidimos cambiar los planes iniciales. Las razones para ir a estos dos países eran evidentes: poder visitar Petra, tantas veces vista en películas (sí, incluida la de Indiana Jones) y poder ver directamente las grandes tumbas que en lugar de ser talladas en la roca en la Antigüedad parece que se hicieron durante el Barroco. Es más, seguro que el Barroco no lo inventaron los italianos, sino los nabateos casi dos milenios antes. Otro de los motivos era visitar también Palmira, la gran ciudad del desierto, los castillos musulmanes y cristianos de las Cruzadas, el desierto de Wadi Rum, la mezquita y el zoco de Damasco y conocer directamente una cultura de la que todos se atreven a hablar, pero pocos conocen, la musulmana.

El viaje fue fantástico, pude disfrutar de ver cómo anochecía dentro de la ciudad de Palmira, tener la sensación de inmensidad del desierto de Wadi Rum y darme cuenta de que el desierto, en realidad, no está tan desierto, que está lleno de vida; apreciar los colores de Petra y ver cómo cambiaban según pasaban las horas del día.

Para conocer un poco mejor uno de los países que iba a visitar, Siria, leí el libro de Rosa Regàs, Viaje a la luz del Cham. Mi viaje, sin haber leído ese libro, habría sido completamente diferente, no habría podido apreciar un montón de matices y formas de ser de las personas que ese libro me hizo ver.

Entre otras cosas, hablaba de la seguridad en las calles de estos países, donde podías dejar la cartera encima de una mesa, sin prestarle atención, que nadie la cogería. Otra de las características de las que hablaba era la gran hospitalidad de este pueblo: si necesitabas algo, siempre podrías llamar a la puerta de alguien, que mientras precisaras su ayuda, te la daría. Este aspecto pude verlo a los pocos días de estar allí, en que necesitamos un médico. No sabiendo dónde ir, el conductor del autobús en el que viajamos nos llevó a casa de su primo, médico, que estaba en Bosra de vacaciones en casa de su madre. Allí nos abrieron la puerta, nos atendieron y nos dieron el tratamiento que necesitábamos. Mientras estuvimos en la casa de este médico, la madre no paraba de entrar en la sala ofreciéndonos té. Al final, cuando terminamos, vino para ofrecernos un café. Esta es una curiosa costumbre siria en la que te están agasajando continuamente con tés, pero para decirte amablemente que es hora de irte, te dan un café. Entonces, recoges tus cosas y te marchas. Con mi mentalidad occidental, le dije al médico que cuánto le debía. Su respuesta, si bien ya la conocía por lo que pude leer en el libro de Rosa Regàs, no dejó de sorprenderme: estáis en mi casa, sois mis huéspedes, me habéis necesitado y os estoy agradecido de que hayáis venido a mí. No me tenéis que dar nada.

"Los refugiados son seres humanos"

“Los refugiados son seres humanos”

Igual de sorprendido que estuve entonces, lo estoy ahora. Los sirios, en estos momentos, necesitan de nuestra hospitalidad y nosotros se la negamos. Se supone que la Unión Europea es un territorio de libertad, en el que se defienden los derechos humanos, que tiene como uno de sus principios máximos la solidaridad y el acogimiento de asilados políticos. No voy a explicar aquí lo que es la Unión Europea ni lo que está sucediendo, pero sí la perplejidad que me produce lo que estoy viendo y lo que supongo que pensarán los sirios que desean llegar. Tras una reunión de líderes europeos en la que todos iban a ser muy generosos y cada país iba a acoger a miles de refugiados, se acabó confinándolos en Lesbos y, finalmente expulsándolos a Turquía. Perplejidad me produce que no podamos ayudar a personas que huyen de una complicada guerra en la que tres fuerzas: su dictador, los rebeldes y el Isis están combatiendo. Pese a vivir en una dictadura, era un país relativamente próspero, muy relativamente, que podría ser similar a España en los años 60. Un país en el que te recibían con la mejor de las sonrisas y te abrían las puertas de sus casas con que solo dijeras necesito que me ayudes. Ahora que son ellos los que necesitan ayuda, supongo que no comprenderán por qué se les niega entrar en un territorio de paz cuando siempre han ofrecido generosamente todo lo que tienen a los demás. Perplejidad e indignación que siento al ser ciudadano de un territorio que se basa en la solidaridad entre los pueblos y que se niega injustificadamente al primero que la necesita. Y perplejidad que supongo que sienten los sirios al ver que los demás, mucho más acomodados que ellos, no responden con su misma actitud cuando lo que realmente necesitan es un sitio seguro para poder seguir viviendo. Poder seguir viviendo hasta que puedan volver a su país, pues es un pueblo que solo utiliza la hospitalidad mientras la necesita, marchándose agradecidamente cuando ya no es necesaria.

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